El compa “Jerry”

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“Uno tiene en las manos un pequeño país, horribles fechas, inmensos jóvenes de pie sin más edad que la esperanza…” Roque Dalton

“¿Cómo estás, vos? ¿Jodido? ¿Pero contento? ¿Pero no contento de estar jodido?” Así saluda el Jerry. Su nombre real es René Luarca Maiti, pero nadie lo conoce por ese nombre. En Suchitoto es Jerry, Gerardo o Chapa, por Chapatín, el personaje de la tele.

El Jerry me contó que casi nace Noruego, “chele y de ojos azules”, dice él. Sus padres fueron ambos educadores y aunque él es “hecho en El Salvador” nació tico. La embarcación de bandera Noruega en la que logró escapar su madre, a punto de dar a luz, consiguió llegar al puerto de Puntarenas justo a tiempo. De urgencia la trasladaron a la Maternidad Carit, en San José, y ahí nació René. Nació hijo del exilio. Su padre había salido de El Salvador días antes, taloneado por los esbirros de la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez. Habían transcurrido apenas diez años desde la masacre de 1932.

A los 4 años de edad, y tras la caída del dictador Martínez, regresó con su familia a El Salvador. De niño se hizo portero en un equipo de futbol, hasta que todos crecieron, menos él. Fue entonces que decidió convertirse en un destacado beisbolista. Jerry es enorme. Mide metro cincuenta aproximadamente, pero es enorme.

De joven se involucró en actividades políticas, algo inevitable en aquella época de continuada dictadura militar, y mucho más inevitable para alguien con su personalidad y antecedentes. Obligado por las circunstancias se fue a México, en donde terminó sus estudios e hizo milagros para sobrevivir, y cuando ya había superado los cuarenta años lo sorprendió la guerra. Regresó al pulgarcito y se incorporó a la guerrilla. A pesar de ser un genio en radio y comunicaciones (llegó a ser fundamental durante el desarrollo de la guerra) no dijo nada acerca de sus conocimientos: él quería tirar tiros, combatir. Su primer combate fue memorable y no quiso hablar de él durante muchos años: cuando Jerry y sus compañeros de columna cayeron en la emboscada y se rompieron los fuegos Jerry disparó y disparó y disparó su carabina, apuntando bien para no fallar ni un tiro… al finalizar el combate, sin bajas que lamentar, se dio cuenta que su arma solo había percutido el primer tiro. Durante el resto de la balacera su dedo apretó el gatillo innumerables veces sin disparar. El sonido de los balazos de los demás le había hecho creer que él también disparaba. Muerto de la vergüenza guardo el secreto durante años. Hoy ya lo cuenta, aún avergonzado. Cuando el mando descubrió su talento tecnológico lo trasladó a encargarse del área de comunicaciones, desde donde luchó durante muchos años.

Miembro de la Resistencia Nacional, una de las cinco fuerzas que formaron parte del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, tuvo a cargo múltiples misiones en el extranjero, comprar equipos, transportar y distribuir miles de dólares entre las estructuras del exterior, coordinar entregas de armas, comunicaciones, labor de inteligencia. Fue y sigue siendo un maestro de la conspiración, indetectable en su momento. Tuvo que cumplir misiones complicadas en la más estricta clandestinidad. En una ocasión, mientras viajaba en un bus público, buscando hacer contacto con otros compas que traerían un importante lote de armas que provenían de Costa Rica, quedó atrapado en un fuego cruzado entre dos guerrilleros urbanos que abordaron el autobús y dos escuadroneros que venían sentados muy cerca, detrás de él. Todo ocurrió muy rápido. La señora que venía al lado de Jerry recibió un disparo en la parte posterior de la cabeza y murió de inmediato. Jerry recibió dos  impactos: uno le destrozó el codo izquierdo, otro le atravesó el cuerpo dañándole una parte del riñón y una parte del pulmón. Después de la balacera logró huir, caminó hasta encontrar ayuda médica. Sobrevivió de milagro, de casualidad en casualidad, sin saber a ciencia cierta si los dos tipos que dispararon desde atrás venían siguiéndolo. En otra ocasión, cuando la guerrilla se preparaba para lanzar la “Ofensiva hasta el tope” de 1989, a Jerry le correspondió cortarse el pelo, la barba, arreglarse bien catrín y entrar nuevamente a la ciudad de Soyapango con la misión de coordinar las comunicaciones durante la ofensiva y articular la entrega de armamento a los guerrilleros y civiles en la ciudad. Ahí vio caer gente entrañable para él y realizó actos heroicos, un poco impulsado por la adrenalina y el dolor. Y ahí si tiró tiros, muchos tiros, con una Ak-47 nuevecita.

En la guerra Jerry jugó un papel muy importante, pero fue siempre indisciplinado e irreverente, y siempre manifestó sus discrepancias cuando las tenía. Nunca saboteó una decisión tomada, pero manifestó siempre sus puntos de vista. “Un día los compas me van a fusilar, cuando ya no me ocupen…”  me dice, entre risas, que pensaba de vez en cuando en aquellos años.

Cuando caían sus compas, como decir sus amores, sus hermanos, sus padres y sus hijos de la guerrilla, me dice que él se aguantaba hasta que fuera bien noche y se tapaba la cara con su cobija para llorar quedito, y no desmoralizar a la tropa. Así le ocurrió cuando murió en combate “Lukas Franco”, el tico, y el Jerry tuvo que consolar y acompañar al tico David. Hoy admite que la guerra dejó secuelas. Logra llorar, no le fue fácil poder hacerlo nuevamente, y dice que las lágrimas no cuestionan su masculinidad. Ha sufrido de amores: el cuerpo de la Zaira, que nunca apareció y dejó en su ausencia tres versiones distintas de su muerte, su otro amor de guerra que cayó en un combate allá bien lejos, su amor a la distancia que comenzó en la guerra, que ha existido en libertad desde entonces, dolorosamente, entre silencios, a dos pares de manos, cuando tres fueron uno. Dos hijos y un divorcio. La guerra hace que todo brille con una luz distinta.

Jerry tiene un humor muy fino y ocurrente. Como ejemplo una anécdota: en el cerro de Guazapa, conocido como “el dardo en el corazón del enemigo”, anduvo el Jerry durante casi toda la guerra. Una historia por cada piedra en el camino. Con él y con el compa Roque como guía subimos hasta “el caballito”, una de las cumbres del cerro, buscando el lugar donde cayó un internacionalista costarricense en el año 88. Fue difícil la subida, y sin embargo Jerry no dejó de reír, contar las historias con las que se iba tropezando, disfrutar y hacernos disfrutar la caminata. Al bajar nos perdimos durante casi 4 horas. Ya estaba oscureciendo, así que algo urgía, y Roque, un otrora conocedor de la zona (fue miembro de las Fuerzas Especiales Selectas) andaba bien afligido. Bajando una ladera insufrible, por entre milpas secas, después de pasar abriendo monte a machetazos una quebrada que a mí me costó cruzar (¡con 35 años!), miré que al Jerry, que venía detrás de mí, se le había metido sudor  entre los ojos y se los restregaba. “¡No llorés, Jerry!”, le grité para joderlo. “Es que estoy perdido…” me respondió con un hilo de voz llorosa y con una gran sonrisa…

Hoy día, después del horror y del espanto de una guerra cruel, con sus 72 años de andar pateando caminos, el Jerry ya no se cuida de no morirse. Vive de lo mínimo, en una pobreza humilde y honrada. Fuma, es amante del baile y lo demuestra, se toma sus roncitos, su café en las mañanas, se enamora, le preocupa el amor. Es un romántico de corazón noble y cálido. Por momentos no sé si soy yo el que es más viejo de lo que creo que soy o si es el Jerry quien es más joven de lo que sugieren sus siete décadas. Lo único en lo que se cuida este compa hoy en día es en la frugalidad de su dieta: mucha fruta, comer cuando tiene hambre. Esa semana que compartimos le puso bastante encurtido a las pupusas. Con el Jerry se habla hasta la madrugada. Al día siguiente está de pie a las cinco de la mañana para seguir viviendo, y contando historias como un ojo de agua, pero de historias. Hoy sigue aportando desde la radio comunitaria de Suchitoto, con sus conocimientos y su buen gusto musical.

Algunos rasgos de su rostro sugieren que cuando pase el tiempo yo me veré un poco como él. Si he de llegar a esos extremos, con setenta y tantos años y muchos menos combates, quiero patear caminos, contar historias, amar y vivir sin cuidarme, como el Jerry. De todas maneras, si me muero, igual de algo me tenía que morir a esas alturas.

Allan.

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6 comentarios en “El compa “Jerry”

  1. Personaje inolvidable el “Chapatín”, solidario y fraterno como pocos, tengo una “fotografía mental” de él durante la ofensiva; cuando en Soyapango, en un momento en que nos apretaba el enemigo, lo ví surgir empuñando una M-60 y con dos carrileras cruzando su torso (él tan bajito de estatura y flaco) y listo para darse “pija”, momento imborrable, compa inolvidable.

  2. Me ha encantado la nota su narrativa, se siente lo que en ella se ha escrito y describe muy bien a Chapatin. Felicidades

  3. Es un privilegio conocer a Jerry, es de los pocos compas que admiro, por que él si es un reflejo del objetivo por el cual se luchó, el si tiene la conciencia social que todos deberíamos de tener, ojalá y así como él pensáramos, sintiéramos y viviéramos muchos

  4. Que bonita historia yo creo que no solo el Jerry, le pasaron cosas que no queriamos que nadie supiera, yo en mi primer combate de miedo ya me andaba metiendo un tiro en el pie yo solo, y de llorar por un compa o companera pienso que la mayoria nos paso, pero como dice en silencio,y si hay secuelas o memorias que nunca olvidaremos, por los muertos y nuestros muertos juramos vecer, hasta la victoria siempre.

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