Me dicen Chiyo…

Chiyo

“Lo que amaste lo salvaste. Y si lo escribes lo salvaste dos veces.”

“Me dicen Chiyo, no les digo mi nombre porque es muy largo…” y con esa frase comienza el Chiyo a conversar con los niños y niñas que vienen al Museo de la Palabra y la Imagen para conocer sobre la historia reciente de El Salvador.

Chiyo ha vivido una vida al revés. Así lo cuentan sus labios y así lo dicen también sus ojos serenos. De niño vivió una vida de adulto en guerra: no hubo tiempo para tener niñez. La situación de terror militar impuesta sobre sus vecinos y familiares no les dejó más alternativa que la lucha armada. El no quiso la guerra: ¿cuál niño de 8 años quiere la guerra? Tras el asesinato de su hermana embarazada y de su madre, a manos de “las autoridades”, ya no hubo vuelta atrás. Incorporarse a la guerrilla y enmontañarse se convirtió en la única posibilidad de sobrevivencia. Fueron 12 largos años de vejez para un niño, primero en la Escuela de menores de los territorios controlados por la guerrilla, en Morazán, después como operador de radio y combatiente. Sobrevivieron Chiyo, su padre y dos hermanas, los demás fueron abono para la vida: 7 en total.

Cuando alguna vez le han preguntado qué ganó con andar de guerrillero, ha respondido que no peleó por él sino por su pueblo. El pueblo aquel que antes no podía ni siquiera mirar de frente a un militar en la calle porque allí mismo lo culeteaban, lo arrestaban, lo torturaban, lo desparecían. Aquel que no podía pensar diferente ni reclamar sus derechos, porque eso se pagaba con la vida, porque te despedazaban, a veces vivo y a veces después de asesinarte. Aquel pueblo al que le llegaban a insultar y matar a sus madres, hermanas, tías, abuelas, desarmadas e inocentes, solo porque echar tortillas al fogón las hacía sospechosas de ayudar a la guerrilla.

Al Chiyo no le tiembla la voz para ejercer ese derecho conquistado: denuncia la injusticia, habla de los crímenes y llama por su nombre a los criminales. “He vivido la guerra, he vivido la paz, he vivido la esperanza y el dolor” y con esa autoridad el Chiyo habla de construir una cultura de no violencia. Nunca, después de acabada la guerra, volvió a tocar un arma: ¿para qué quiere un arma un niño salido de la guerra?

“Yo iba a los combates al igual que fueron mis hermanos, sin pensar en salvarme”. Sobrevivir no estaba dentro de su cálculo de probabilidades. “Lo que hoy vivo es ganancia, es tiempo extra”, dice calmadamente con sus 41 años ganados a la muerte.

Cuando se firmaron los acuerdos de paz en 1992, Chiyo se fue a México, a trabajar de asistente en el cine y la televisión. De la violenta realidad de la guerra pasó a la absurda ficción de las novelas. Y ya de adulto pudo por fin ser niño: mejoró su lectura y escritura, aprendió a manejar la bicicleta y a tocar la guitarra, hizo su terapia para desterrar de una vez por todas las pesadillas y poder dormir tranquilo, dedicó horas a jugar al futbol y después de 6 años regresó al pulgarcito, a trabajar como promotor cultural en el Museo de la Palabra y la Imagen.

Recientemente escribió su autobiografía. Un libro sana las heridas que un día abrió la guerra, me dice que le parece que así dijo Martí en alguna parte. Y es un comentario apropiado para hablarme de los “7 gorriones”. Cuando lo lees, es como si un niño te contara al oído las vivencias del niño que, en aquel entonces de bombas y metrallas, no pudo llegar a ser. Recomiendo leerlo, sentirlo, compartirlo.

“Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan”, dijo una vez Salvador Díaz Mirón, y el de Chiyo es un vuelo con el plumaje limpio. El ha salvado a sus muertos, y su vida parece girar en torno a eso: amar la memoria de los suyos para salvar su legado y que no mueran.

Ojala el Chiyo no crezca nunca, que siga siendo ese niño agradable de quien yo quisiera ser amigo de la infancia.

Allan.

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