“Josefov” y “Chicho”

Chicho

Parte I . De “Josefov”.

 

La primera vez que estuve en Praga visité las Sinagogas del Barrio Judío, seis en total. Este barrio,  se conservó en perfecto estado a pesar de la ocupación nazi y de la guerra, debido a que Adolfo Hitler ordenó construir en “Josefov” el «Museo de la raza desaparecida». Paradojas macabras de la historia.

En “Pinkasova”, la primera de todas las Sinagogas que visité, me sobrecogió el eco incesante de unas voces que, en el espeso silencio de aquella sala que yo recuerdo inmensa, repetían los nombres grabados en las paredes, en lo que es el epitafio más grande que yo haya visto. Hombres y mujeres judíos asesinados en los campos de concentración nazis en Checoslovaquia, cuyo recuerdo está escrito en una tipografía diminuta, con el respectivo dato de la fecha y del campo de concentración en que murieron. Y aquellas pequeñas inscripciones lo cubrían todo en aquel espacio blanco. Las voces goteaban uno a uno los nombres sin detenerse nunca, golpeando y golpeteando en las conciencias, para que nadie olvide. Miles y miles y miles… como lágrimas.

De “Pinkasova” me queda otro recuerdo amargo. En uno de los pisos de esa primera Sinagoga, tras cristales, colgaban cientos de dibujos de niñas y de niños judíos que antes de ser gaseados o de morir por las durísimas condiciones del genocidio alemán, dejaban constancia de su infancia atormentada. Cada dibujo tenía el nombre y la edad del autor, escritos con el pulso y la letra irregular de los infantes. Con letra de adulto, a un ladito, estaba escrita la fecha en que cada artista fue trasladado a las cámaras de gas. Fue difícil ver aquello. Lloré de rabia al atravesar aquel eterno pasillo. Cuánto dolor y cuánta vida pisoteada en su ternura más frágil…

En estos días, de bombas y de víctimas civiles, encontré un enlace que me trajo de vuelta aquel recuerdo ingrato.

Paradojas macabras de la historia.

 

Parte II. De la “Chicho”.



 

Después de visitar el Barrio Judío caminamos hasta la Isla Kampa (Kampa ostrov), cuyo Parque está ubicado en la rivera del río Moldava, al otro lado del Puente de Carlos. En mi bolso, hecha una pelotita de cenizas dentro de una bolsa plástica, iba “Chicho”. Yo la traía con la encomienda de regresarla al origen.

Anna Brumlikova fue una de las mujeres bellas que han marcado para siempre mi vida. La “Chicho” (así la llamaba yo) nació en Checoslovaquia en el año 1937. Aunque ella y su hermana no llegaron a tener números tatuados en los brazos, tuvieron que portar estrellas amarillas en sus abrigos, que las identificaban como judías. Los Nazis las ubicaron en las afueras de Praga luego de que un soplón reconoció a la madre y a las dos niñas que habían huido del edificio en el que vivían en la ciudad. Así vivió su infancia la “Chicho”, bajo la ocupación de las tropas Nazis y el final de la Guerra la sorprendió, junto a su madre y hermana, a las puertas del tren que las llevaría a la muerte. Habían sido separadas de su padre tiempo atrás. Tendría si acaso ocho años.

De la familia Brumlik solo sobrevivió su padre (Jan Brumlik), su madre (Anna Vancura) y su hermana Jana. Los demás miembros de la familia engrosan el vergonzoso listado de víctimas que dejó tras de si la vorágine de la locura Nazi.

De “Chicho” guardo lindos recuerdos, algunas anécdotas, conversaciones y enseñanzas. Mi memoria la conserva como la guerrera sonriente que a mi criterio fue. Uno de sus mejores ejemplos, como sobreviviente del holocausto, fue su  participación activa en los movimientos de solidaridad internacional en contra del apartheid en Sudáfrica, y su actitud razonada e indeclinable de repudio al genocidio del Sionismo Israelí en contra del pueblo Palestino. Y un amor a la vida del tamaño del sol.

Estoy absolutamente seguro de que ella se sentiría orgullosa de saber que aún hoy, años después de su partida física, ella nos acompaña con su ejemplo en la busqueda de la paz y la justicia para el pueblo de Gaza, en la denuncia del crimen y de los criminales.

Quiero pensar que ella se sentiría orgullosa de que yo utilice como bandera para esta nota la foto que le tome después de decidirme por el árbol perfecto en cuyas raíces depositarla.

 

Allan.

 

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