El Puente “Las Guaras”

Luz de volcán

Vista de lo que fueron los territorios liberados por la guerrilla salvadoreña del FMLN. Chalatenango, El Salvador. Foto: Allan Barboza-Leitón.

5 años ya. Como en las 4 ocasiones anteriores me resultó difícil vivir el último día de Septiembre, especialmente cuando fueron las 8:05 de la noche. Esta vez han sido necesarios varios días para recuperar el aliento y que el calendario nuevamente eche a andar. Ha sucedido al fin, bocanada de vida, y aquí estoy yo escribiendo. ¿Su nombre? Alfredo. Alfred, para mí. Julito Ama, para los compas.

En 10 años nunca lo entrevisté, nunca grabé nada de él. No sabría decirte cuántas horas compartimos, con la cámara al lado, y nunca, nunca, sentí la necesidad de hacerle fotos o grabarlo contando una de sus mil historias. ¡Yo lo daba tanto por sentado! No contemplaba la posibilidad de una muerte temprana y cuando nos dieron el diagnóstico fue un golpe muy fuerte.

Unos días antes de hacer su transición me dijo que aquello era como si una luz blanca e intensa lo atrajera, cada vez con más fuerza, y que sentía rico al dejarse ir. Decidimos grabar algunas cosas antes de hacerse completamente luz y por fin este año puedo y quiero compartir una de sus historias con ustedes.

Para iniciar las entrevistas yo le pedí que me contara sobre su combate más importante, el que más lo había marcado en sus tiempos de guerrillero de las Fuerzas Populares de Liberación – Farabundo Martí, allá en El Salvador de los 80’s. Y él me habló de la voladura del puente de “Las Guaras”:

“Ya era verano. El sol se levantaba temprano y era luminoso. Así es que teníamos que realizar la operación empezando bastante temprano. El objetivo: un pequeño puente que unía la 5ta Brigada de Infantería con la ciudad de Chalatenango. El cálculo era que si ese puente pequeño nosotros lo lográbamos demoler, en el eventual caso de que atacáramos Chalatenango, íbamos a poder emboscar los refuerzos que vinieran, o por lo menos atrasarlos y en su avance golpearlos. Lo mismo estaba ocurriendo en Morazán y ellos también estaban por tomarse una población para poder asaltar la cabecera departamental. En nuestros cálculos, eliminando las unidades militares de esas dos cabeceras departamentales el enemigo tendría que correr las líneas hacia San Salvador y hacia San Miguel, en el caso de Morazán, y eso nos permitiría consolidar los territorios bajo control y ampliar los territorios en disputa.

Como siempre se ha dicho: las comandancias hacen sesudos análisis, sacan conclusiones precisas, pero la historia puede más. Aquella madrugada se me encomienda la misión de ir a filmar, por debajo del puente, la colocación de las cargas, retirarme a prudente distancia, y filmar la voladura. Iba a ser una toma espectacular. ¿Hollywood? Hollywood es cualquier estupidez. Hollywood es una sarta de mentiras en cuanto a lo que es de-a-de-veras la guerra. Con sus guapetones de figurín barato, cosa que nosotros nunca fuimos, llenan revistas por todo el mundo y programas de televisión y cuanta carajada se les ocurre a esa cuerda de sinvergüenzas, mostrando unas payasadas que por dios, hombre… Dejemos atrás la bilis y el enojo.

En mi calidad de “cineasta” el problema era peludo: meterse en el cauce de ese río y filmar desde ahí la voladura ya en si tenía una dosis de locura. Lo peor era que fuera a ocurrir un imprevisto.

Uno lleva por dentro, en el corazón, el fuego de la revolución, uno por dentro ya no soporta ver a la gente de uno, entrañable, existir en condiciones infrahumanas. Eso no es aceptable, eso no es digno, eso no es de seres humanos. Eso es el resultado de lo que ahora le llaman “el capitalismo salvaje”. No jodan, hombre, el capitalismo siempre ha sido salvaje. Lo que pasa es que ahora chupa más que antes, porque ya creció el pulpo. Dejemos a un lado también esos chistoretes y enojos de carácter social. Como a mí me están entrevistando yo me doy el lujo de meter los anuncitos que me gustan.

Siguiendo con la historia: nosotros salimos de madrugada. Avanzamos hasta una distancia, les voy a decir, de unos 600 metros del cauce. Mientras nosotros estábamos avanzando a ese sitio ya habían sido atacadas las diferentes posiciones del ejército que defendían por ambos lados el puente. El combate fue encarnizado. Logramos aniquilar, ya rayando el día, toda la defensa periférica. Solo que nos quedaron dos casamatas, dos torreones reforzados, uno a cada lado del puente. Y ahí se estaba combatiendo. Entonces la posibilidad de ir y filmar arriba no se podía. Se trató pues de una operación de infiltramiento. Aprovechando las últimas sombras de la noche, las más insidiosas, las que no nos dejan saber si la noche avanza o el día nace. Optimista: ¡el día nacía, carajo!

Nos fuimos colando, entre rocas y rocas, árboles, recodos de aquel cause, y logramos llegar a 50 metros del puente. Y la valoración fue que esos soldados de arriba, además de recagados de miedo, estaban concentrados en contener la lluvia de balas que les estaban recetando. Dicho y hecho. En dos carreras pasamos a quedar debajo del puente. Un miliciano encargado de avanzar sobre el cauce unos 100 metros y hacernos de contención, con un fusil que lo más que le permitía era disparar dos tiros, y que de esa forma que nosotros nos diéramos cuenta si llegaban los soldados. Y la orden que teníamos era: “si se acerca el enemigo desmonten todo y váyanse”.

El amigo, un amigo entrañable, un amigo al que quiero profundamente, un amigo que dejó el corazón en su tierra y en la mía, y además del corazón también partes de su cuerpo, él era el explosivista. Ingenioso como siempre, había agarrado unos pedazos de garrote, los había amarrado a dos lazos y en la punta de los lazos les había amarrado dos ganchos de metal. En la mochila de él colgaban las cargas, calculadas. Él ya sabía a qué distancia debía ponerlas. Yo por mi lado armando el equipo: una grabadorcita de dudosa calidad acompañada de la cinta grabadora que traía la película de súper 8 de aquella lejana época. Nada de estas bellezas que ahora usan ustedes. Con estas cositas uno de lo que se da cuenta es que a los cineastas de ahora les faltan dos cosas: entender que ya nadie va a encontrar la orilla azul de la bacinica, por un lado, y por el otro entender que es falta de huevos no poder filmar una cosa de-a-de-veras. Pero bueno, la camarita esa había que armarla. Además de eso, las baterías. Y cuando ya estuve listo, empezó mi eterna discusión con ese compañero porque él temía que yo lo filmara y su rostro se revelara al mundo. Con mucha razón, no era broma en el caso de él. Y yo, por supuesto yo sabía, y no le iba a hacer una broma así de idiota. Empezamos a filmar. Miren, ya solo faltaban de colocar 4 cargas cuando vemos que pasa, hecho un ciclón, el compañero miliciano:

-“¿Qué pasó?”

Y solo alcanzamos oír a la lejanía:

-“El enemigoooo…”

En ese momento el compa que estaba subido en la escalera se aventó. Al caer cayeron dos cargas y él rápido a recogerlas. Yo a desarmar cámara, meterla en la mochila y guardar la grabadora, y además cerrarla, y agarrar un fusil viejo que me habían dado que más me servía de estorbo que para otra cosa. Yo creo que me andaban usando de bodega y los muy cabrones no hallaban donde esconderlo y entonces dijeron “que Julito lo jale”…

El asunto es que cuando el explosivista se endereza, ve al otro lado y los ve venir. ¡Ese hombre volaba! Un roce de una bala en esa mochila y desaparecíamos. El tenía que ir adelante de todos. Atrás, la muralla humana que defendía al hombre. ¿Y nosotros? De honorable, heroica, muralla humana…

Entonces, con las últimas cosas, como a quien lo agarran cagando en el campo y un toro lo hace salir corriendo, pues mirá, nadie anda pensando en limpiarse ni en ponerse bonitas las nalgas. Así salí corriendo: con la cámara por una mano, la mochila por la otra, el fusil agarrado con los dientes, y empiezo a correr. Y yo ya los oía, los balazos desde hacía rato, ¡los cascos de esas bestias sobre las piedras del río! Me iban alcanzando y si me alcanzan estos hijos de puta no me van a creer que soy periodista de Reuters. No me lo creía eso nadie. Pero de una piedra se asoma un compañero, Clodomiro…

¡Ah, Clodomiro! Ese compa era único. De adolescente fue parte de las estructuras de las FPL en la región urbana y ahí le enseñaron que habían situaciones tan delicadas en las que nadie, nadie, lo debía escuchar. Y entonces él aprendió a reírse callado. Clodomiro, apostado tras una piedra, con una 48 Mágnum, les voló estaca a los animales. Cada balazo del Clodomiro yo lo oía en directo, en la oreja, pero no me molestaba: eran como fogonazos que me protegían de todas las cortes infernales. ¿Ustedes saben la torturada que me hubieran dado? ¡No joda! Y esos hijos de puta preferían joderse a dejarlo ir a uno. ¿Lo querían a uno vivo para qué? Cachimbearlo pero mañana, tarde y noche durante media semana, en cada uno de los cuerpos policiales de El Salvador. Entiéndase: Policía Municipal, Policía de Tránsito, Policía de Hacienda y la Guardia Nacional (que eran otros pinches desgraciados policías). Una semanita en aquello para después vestirme, maquillarme y sacarme en televisión como el trofeo de sus grandes victorias o quizá pasarme a la retahilada también de cuerpos secretos que tenían en las ergástulas de la Policía Nacional, de la Guardia Nacional, de todos los cuarteles. Ahí es a donde llegaba el desgraciado de D´abuisson (si, ese, Roberto D´abuisson, el papá del narcotraficante que quemaron vivo en Guatemala) y se solazaba en el sufrimiento humano. En esas ergástulas me iban a tener. Y ya donde me tuvieran ya acabadito… ¿qué le hacían a uno? Zamparle unos cuantos machetazos más para que se viera, y cuando las horas pico en San Salvador la gente se aglomeraba en las paradas de buses (porque había que estar en la casa y no en la calle, la calle era prohibida), en esas horas pico, delante de trabajadores y trabajadoras, oficinistas e incluso criaturas chiquititas, pasaban los muy hijos de la gran puta tirando tu cadáver para asustarlos.

No es humano hacer del cadáver de un ser lo que se quiera. El respeto a la dignidad humana llega hasta la voluntad de la persona. Y si, las mías son lagrimas de cocodrilo. El cocodrilo es un animalote grandote, hermosote, como yo. Bocón.

Ya regresando a aquello: esos destellos que lanzaba Clodomiro los contuvieron. Y yo pasé a la par de él y solo oí que me gritó:

-“Por su vida, Julitoooo…”

Y yo de patán lo que le contesté:

-“Por la de tu madre, Clodomiroooo…”

Y se tira el hombre la carcajada y les deja ir como cuatro balazos de un solo y dele, también, detrás mío a correr, y más adelantito ya habían unos compas en el bordo que nos vieron pasar y sonó la balacera en donde los rempujaron rico a los soldados. Y los dos, el Clodomiro y yo, carcajeándonos en el camino. Así fuimos a salir a un borde, y ahí empezamos a respirar. No se puede hablar. No se puede pensar. La realidad brilla: es la adrenalina la que te está quemando. Es la que te salva la vida. Y entonces viene el Clodomiro y me dice:

-“Julito, ¡la anduvo cerca!”

-“No jodas, Clodomiro, ¡la anduvimos cerca, mi hermano!”

-“Mírese el cuello…”

Yo no lo había hecho, no me había revisado. Yo usaba una camisa que le habíamos quitado a un Guardia Nacional. Y la Guardia Nacional usaba el uniforme de la SS alemana. Idéntico, solo que no en negro porque ya era mucha provocación, sino que en verde café. Horrible. Y entonces el cuello es así, ¿lo has visto?, con un borde donde ponen las S de Somos tontos. Va pues: donde yo me miro el somos tontos voy viendo el huequito limpio de un balazo. 

Y esa vez yo la sentí tan cerca…

Hoy les voy a hacer como hacía Clodomiro para reírse, sin hacer ruido. Le contaban un chiste, o alguien se caía, y Clodomiro le hacía así…”

Y Alfred se me queda en la memoria, en el umbral de la puerta de luz blanca que lo reclama, riéndose de la muerte, calladito pero a carcajadas, como hacía el Clodomiro.

Allan.

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2 comentarios en “El Puente “Las Guaras”

  1. allan gracias me trajiste grandes recuerdos del julito paz era un tipo que podias pasar horas con el platicando de cualquier cosa otro dia me extenderé en un comentario del julito una historia en chalate.
    jerry.

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