Salir temprano, descender por dos horas, arribar a la costa como para nacer. Acostarse a la sombra, practicar el idioma, sacar un libro, comer frutas con sabor a salado y caluroso. Nadar en la piscina sin olas del pacífico. Estar alegre de sentir ese mar por vez primera. Presentarse, darle la mano – “Wie geht es Ihnen, Herr Meer?” – y hundirse en él, abandonarse en ese viejo azul de manos largas, tan lejos del abrazo del invierno alemán.

Fingir ser una tríada en busca de la mejor habitación, de la más costosa, con la mejor vista y la cama más propicia al desenfreno, tan solo por la diversión de hacer un “tour de hotel de lujo” y de paso escandalizar a los botones. Detenerse en Tárcoles para comprarle pescado a la comunidad, navegar entre las pangas que hacen vida en la arena y encontrarse de pronto con tu nombre o un espejo.

Cruzar el puente de los cocodrilos y ascender, tarde ya, por dos horas hasta la casa azul.

Ventanabierta Fotografía © Todos los derechos reservados

 

 

 

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